skip to main |
skip to sidebar
1Yo sé muy pocas cosas. Sé que el huevo cae pesado en la noche y que nunca hay que darle la espalda al escusado al momento de jalar la palanca. Sé que da flojera planchar las camisas, pero que luego se ven mejor. Sé que no hay nada mejor que los amigos, el cine, un libro y una taza de té. Que mi color favorito es el verde aunque a veces parezca que es el azul, y que hay que huir de la gente idiota que trata de que nadie se dé cuenta de es idiota. Sé que no hay nada más sexy que una mujer conduciendo un vocho y sé, y esto es lo más importante, que las sopas maruchan apestan.No negaré que hubo una época en que abusé de ellas, pero aun en esos buenos y viejos tiempos era imposible defender su olor. Sí, eran deliciosas, pero apestaban, apestan y seguirán apestando mientras la humanidad lleve ese nombre. Por eso ayer, mientras en mi oficina, cuando un evidente y penetrante olor interrumpió las diarias labores (estaba en youtube) salí enfurecido en busca del cabrón que acaba de calentar una sopa maruchan en el microondas y que se la está tragando como si esto fuera el patio del recreo de la secundaria.2-¿No se dice Maruchán?-No, se dice Maruchan-No, se dice Máruchan3La búsqueda fue árdua e inútil. Algo así como la vida. Sospecho que para el momento en que el olor me atacó, el sospechoso había ya casi terminado de comer. Restos de su delito resposaban todavía en el basurero de la cocina comunal y rastros de su aroma me llevaron al ascensor.4Directorio que puede leerse en la entrada del edificioPiso 1: Afro-American StudiesPiso 2: Pluralism Project (¿?)Piso 3: Initiative for Global HealthPiso 4: Romance Languages and Literature, Philosophy, Classical Studies.5Aquí todos muy tolerantes, pero cuando a alguien le da por tragarse una sopa maruchan lo hace sin el menor pudor y sin pedir permiso a nadie. Si me dieran a elegir, elegiría al infeliz que siempre me encuentro en el elevador escuchando su ipod y que nunca se preocupa por apretar el botón. Seguro es de filosofía. Pero el problema es que ahora el olor me persigue, y hoy mismo en un afán de suplir ese maldito antojo que traigo pegado a la nariz, me preparé pasta. Luego comí postre. Pero el olor sigue aquí y lo ha impregnado todo. La coca cola huele a maruchan, y el helado y el poco pasto que queda en los parques, también el salón de clase y la muchacha que atiende en la cafetería, el café también, y quizá sea yo el que el lunes o el martes apeste la oficina por culpa de otro que habrá tratado de evitarlo el mayor tiempo posible.
1Hasta hace algunos días era yo una de esas personas que odian usar reloj. Las excusas de este grupo, aunque diversas, son usualmente las mismas.-No me gusta sentir presión en la muñeca-Me siento extraño-No quiero que el tiempo me domine-Es pretencioso-Me hace sentir mayorComo los vegetarianos, siempre explicando y justificándolo todo. Pero mi relación con esos bellos y arcanos artefactos no fue siempre tan distante o altiva.-Era amarillo. Digital. Causó sensación en la primaria porque la pantalla se dividía en tres círculos, cada uno para la hora, minutos y segundos.-Nunca me alcanzó para el famoso casio con calculadora que abarrotó el mercado durante la secundaria.. En cambio, por el décimo de su precio compré uno pirata que poco a poco fue perdiendo todos los botones. Yo me comí dos.-Cuando cumplí quince años mi padrino me regalo uno muy caro, o eso dijo, que nunca he usado porque me parece demasiado femenino para un hombre e incluso demasiado masculino para mujer. Es un híbrido, pero tiene lo peor de ambos géneros.2No recuerdo cuándo decidí ser puntual, pero sí que mi súbita adhesión a la secta de los en punto tuvo mucho que ver con mi odio a los relojes. A cambio de respetarlos decidí no usarlos más, una pálida venganza contra mi nueva vocación.La puntualidad está mal vista actualmente, como si fuera un ejemplo de evidente debilidad. Cuando uno llega a tiempo pasan varias cosas:-La gente sospecha que uno no tiene nada que hacer, porque no llega con la frase: "perdón por llegar tarde, es que ando en tantas cosas..." o alguna muy similar.-La personas comienzan a creer que son más importantes de lo que realmente son, porque uno se ha preocupado por llegar antes que ellas, es decir, a tiempo. Ahí comienza el círculo vicioso de la arrogancia.-Los demás se hacen tontos con el lo que costó el boleto de cine que uno compró para ya nadie más hiciera fila, o porque sabe que la gente va a llegar tres minutos antes de la película y ya no habrá boletos. En cualquier caso, uno debe absorber las pérdidas.-La gente se molesta cuando uno les interrumpe el rapidín que decidieron comenzar justo a la hora en que habían citado a los invitados.A pesar de eso, la puntualidad me agrada y la practico con orgullo, o al menos lo intento, porque es mi manera de equilibrar no El universo, pero sí mi universo. Durante toda la infancia fui víctima de un padre que encontraba un secreto placer en salir de casa veinte minutos después de la hora del compromiso. Podía ser una simple comida familiar, pero se ponía feo cuando se trataba de ir a ver el fútbol o de ir a la escuela, y aún hoy mis padres discuten si es verdad o no que él llegó tarde el día que por primera vez vi este mugriento mundo.3Hasta hace algunos días era yo una de esas personas que odian usar reloj, pero ya no me siento extraño, ni mayor, ni pretencioso y mucho menos carnada y presa del tiempo (como si no llevarlo nos eximiera del mundo estructurado). Desde hace algunos días uso con orgullo el reloj que hace año y medio me regaló mi padre al salir del país, y justo en estos momentos en que comienzo a tener los días contados en estas peregrinas tierras, no encuentro empacho en llevarlo, porque ahora al tiempo lo domino yo.
Por favor, no me malinterpreten. Adoro mis pantuflas. Las amo durante cada paso, y cuando debo traicionarlas, condenarlas al momentáneo abandono y salir a la calle, las extraño. Si pudiera me las pondría al dormir, saldría con ellas al trabajo o al supermercado y sin duda me acompañarían en la ducha. Serían mis fieles aliadas durante los partidos de squash y mis cómodas acompañantes en el cine. Durante alguna cita romántica (¡ja!) me quitarían los nervios e impresionarían a las chicas. Al entrar al salón de clase, los estudiantes, nada más verlas, comenzarían a tomar notas y lo pensarían dos veces antes de hacer preguntas estúpidas.Cuando llegué a este país fue lo primero que quise comprar pero lo último que pude conseguir. Había siempre vanas prioridades, como pagar el primer mes de renta y el último por adelantado, una cama, una mesa, un par de sillas y luego un sillón. Ropa de invierno también, y boletos de avión para visitar a la familia y los amigos en navidades. Y luego se cruzaban las cotidianidades, esas sin las cuales uno no consiente que a esto se le llame vida, pero que también cuestan dinero: los libros, el cine, la cerveza.Pero ahora que las tengo el problema es otro, porque tanto me empeñé en que fueran pantuflas cerradas y no abiertas, que luego algunos meses con ellas sigo sin poder descifrar cuál de ellas corresponde a cada pie. Por las mañanas, mientras caliento el agua para el té, una leve pero constante molestia ronda mi cabeza. ¿Y si las tengo mal puestas? Pregunta absurda, pensarán con razón, salvo por la conexión que creo puede existir entre unas pantuflas mal puestas y todos los males del mundo. (todos los males del mundo dirigidos hacia mí, claro está)Me sorprende que luego de meses mis pies no las hayan moldeado todavía, y que la diferencia entre derecha e izquierda siga sin notarse en absoluto. Y cuando dudo si cambiarlas de extremidad pienso siempre en las decisiones complicadas que uno debe tomar a veces, y en cómo no hay otra manera de saber si las cosas funcionarán o no a menos que las tenga uno puestas.
La culpa la tiene Felipe II, y ahora en España nadie respeta las leyes de la probabilidad. Si estos herejes estuvieran en mitad del campo durante una tormenta eléctrica y su vida dependiera de no ser calcinados por un rayo, esperarían a ver dónde ha caído el primero para (contra toda lógica) resguardarse en un lugar completamente distinto.Eso mismo pasa con la Lotería del Niño, porque días del seis de enero los mismo lugares premiados de años anteriores se atascan con filas de hasta una hora. Lo peor: esos mismos lugares se llevan los premios y aparecen en televisión festejando las ventas que esa reputación les granjeará.Durante cuatro días de mi cada día más prolongado atasco en Madrid (15 y contando) disfruté de la compañía de dos amigos de la universidad. Durante tres días fue imposible convencer a R de comprar un cachito de la lotería, y fue hasta el cuarto , de vuelta de Toledo, cuando sorprendidos por la belleza de esa ciudad surgió el plan:-Tenemos que vivir en Toledo, Lear, por un tiempo, este lugar no tiene madre.-Sí, pero con qué lana-Es simple, pongamos un burdel-Creo que la prostitución es ilegal en España, güey.-Ah, ¿y todas las putas de abajo del hostal, qué, tú crees que tienen papeles de residencia?-No, pus no-Pues ahí está, lo que necesitamos es convertirnos en padrotes, poner un burdel y disfrutar de las rentas.Total que volvimos a Madrid, hicimos fila y nos compramos un cachito entre R y yo. Veinte euros y miles de promesas. Al otro día, despedí a R en el aeropuerto y me metí a un bar a ver el sorteo. Si todo esto hubiera pasado un año antes, amigo mío, habríamos tenido suficiente lana para nuestro burdel, pero en cambio ni para un jodido reintegró nos valió tanta insensata ilusión.Luego de quince días de atasco, el dinero empieza a escasear. R ya está en las clases donde nunca entiende nada ("Pinche Lear, nadie me dijo que tenía que tomar clases en alemán") y yo sigo aquí, de paseo por las mañanas, de cine por la tarde, y de libros y diarios por la noche. Nada mal, salvo porque a esta vida relajada se le acaba el tiempo y se le angosta la cartera. Supongo que el hecho de que se me agote la paciencia y el dinero debe ser evidente, porque en el internet de al lado me cobran ahora por adelantado y, de vuelta rumbo al hostal, las prostitutas de esta misma calle ya nunca se acercan a escuchar el no gracias que amablemente me acostumbré a responderles durante los primeros días.
Unos minutos antes de salir mi vuelo, tuve la primera impresión de que la cosa estaba cambiando. Dudé, y estuve a punto de abordar otro avión, uno que me llevara a México y no a Barcelona. En eso pensé el veintiséis de diciembre a las 18:30 horas cuando me robaron mis cosas. Lo menos grave pero jodido: computadora, cámara, tarjetas bancarias, celular, llaves de la casa y una novela aburridísima. Lo grave y lo jodido: Pasaporte, visa y mis planes. Por eso sigo en Madrid, esperando que la burocracia gringa, la misma que recién me avisó por correo electrónico que me van a subir los impuestos, me dé una nueva visa para volver a lo que ya aprendí a llamar casa y dejará de serlo en cinco meses. Por eso el avión que antier me debió llevar a casa partió sin mí y no se estrelló en pleno vuelo, como supongo que pasará siempre que me subo a un avión.La cosa estaba cambiando, porque luego de meses de pensar hasta el hartazgo en lo que sigue, la tarde cuando casi cambio de avión es ya un aviso de lo que seguiría y que se expresa ahora en los mexicanísmos "Ps, tú aguanta, ca...", "Deja ver qué pedo y yo te aviso", "Igual y sí": el día a día, que al menos le ha dado un poco de sentido al título de este estúpido blog.Para enfrentar mis miedos (o más bien antes de enfrentarlos) me acerqué al bar. En los aeropuertos todo es caro, porque son lugares en los que nadie quiere estar. La gente quiere irse (y más que irse, llegar), o quedarse o regresar pronto o nunca más volver, y por eso nadie duda en pagar lo que sea por un whisky doble en las rocas si eso implica olvidar un poco todo lo que pasa alrededor, que no es nada, porque eso es esperar, dejar que nada pase.El whisky alivianó los nervios, el avión no se cayó y aterricé en Barcelona siete horas y cuarto después. Ahora mismo, desde el hostal, noto cómo la novela en turno se burla un poco de mí al contarme las aventuras de un hombre que durante el día trabaja de payaso y por la noche de ladrón:"Sus clientes eran los niños de El Cairo y los niños grandes de Europa, los turistas. Sacarles algo de día, sacarles algo de noche [...] Esa era la verdadera compensación, suponía -Dios sabía que no era la paga-, una respuesta de los niños; el tesoro del bufón" (Thomas Pynchon, V, traducción Carlos Martín Ramírez, p. 91)
(Sí, lo estoy leyendo es español porque en inglés no entendí nada)