I
Ahí les va uno bueno. En la sala de la biblioteca en donde a veces finjo que escribo mi tesis, a eso de las cinco de la tarde llega una anciana con la misma sonrisa roída a buscar la única silla que no tiene colchón en el asiento. Si hay alguien sentado, lo echa, porque ha decidido que el objeto le pertenece. Luego camina a donde están los diarios y toma el New York Times. Lo hojea durante 15 minutos, se levanta media hora y vuelve a leer quince minutos más hasta cumplir unas dos o tres tandas. Cuando alguien no quiere levantarse de la silla, con la misma sonrisa, camina hacia la encargada de la sala y se queja. A veces logra que la encargada los quite, a veces no. Desde que llegué aquí, cuatro o cinco personas la han insultado. Una le ha gritado que ya no joda y cinco o seis se han reído de los chistes que cuenta cuando saluda a los que comparten mesa con ella y que nunca he escuchado. Un día voy a sentarme yo en la silla de madera y no me voy a mover.
II
En un pequeño café que hay adentro del campus me gusta tomar té y leer un poco por la noche, antes de volver a casa. Casi nunca hay lugar, porque es el único donde nadie se molesta de que pases dos o tres o cuatro horas habiendo bebido apenas un café, que además es de a dólar, lo que tampoco pasa usualmente. Lo saben bien este hombre y esta mujer, a quienes ustedes pueden encontrar todas las tardes cabeceando en alguno de los sillones del lugar. Al principio creí que eran vagabundos, pero ahora más bien sospecho que son internos de un hospital psiquiátrico cercano a la universidad (hay pase automático) que por las tarde libera a los pacientes de poco peligro. Su aspecto es la mayoría de las veces sucio y desarreglado. Otras es simplemente grotesco. Saludan a las personas que atienden con gritos de alegría. Chocan sus palmas con ellos. Nunca piden nada, sólo se sientan durante horas y hacen lo que cualquier pareja de algunos años hace siempre: ignorarse. Un día los voy a seguir. Otro día quizá intente hablarles.
III
Ha pasado recientemente, y dos de mis amigas aquí parecen estar muy contentas con sus novios, lo que me parece maravilloso, salvo porque conozco el resto de las dos historias que acaban siendo la misma. A quiere con B. B también, pero resulta que B tiene novia. Ni A ni B se atreven a nada. Luego aparece C y A decide que C es lo que ha querido toda su vida, aunque C no sea tan listo, tan divertido ni tan guapo como B. Un día me voy a comprar una mochila roja.
IV
O tal vez no me compre una mochila roja, ni me siente en la silla sin colchón porque se me habrá pasado el coraje, ni intente hablarle a la pareja de maniáticos, ni los siga a ningún lado luego de que a las diez cierren la cafetería. Tal vez no esté tan mal esto de hacerse el tonto.
10 bufonadas:
y yo no sé cómo explicárselo, porque como dice mi amigo B, para qué buscar otro lugar, quiero decir que cualquier sitio es bueno para vivir si uno está a gusto incluso sentado alejado de A pero agarrada de la mano de C
...
Don Lear, anda ud. filoso: los últimos comentarios suyos en mi blog son casi casi de tachuela sobre panel de corcho. Eso si tuviera un panel de corcho (no me gustan, prefiero los que usan en restaurantes, con letras de plástico sobre páneles de terciopelo). De más está decirle que con la última, irá a buscar el libro que me recomienda.
Con respecto a hablarle a los personajes locales, déjeme hacer un inciso y hablarle de nuestro amigo, el pulque. El pulque era un sujeto aparentemente afortunado: vivía en un castillo barroco en la zona residencial del ajusco, de papás médicos, madre que recicla su basura, cuando salían y le traían algo no le traían un chocolate o un suéter que estaba de oferta, sino un disco de piezas para voz de chopin. Con la única excepción de felicidad de que tenía la peor suerte y gusto con las chicas, era un tipo suertudo. Sin embargo, tenía un imán con los vagabundos y locos locales que usted ni se imagina. Veía un loco, y era un hecho que el pulque ya había platicado con él. Tras estos encuentros, uno no podría decir que el pulque salía afectado, porque el pulque era tan intenso en su forma de ser que no pasaba nada, pero cuando te contaba de sus pláticas era verdaderamente descorazonador. Más de una vez le tuve que decir: basta, ya, cállate. Yo recomiendo abstenerse y que todo acabe aquí en el blog. Pero con la señora, si usted no fuera un latino intruso en tierras bostonianas, recomendaría la invasión de la silla: si un negro se negó a levantarse y empezó los derechos de los negros, un latino que no se levanta contra la anciana podría fundar cualquier otra cosa. O lo que es lo mismo: queremos un Águilas del América USA.
Mañana hay jornada doble, y la máquina, y es de tener miedo, simplemente no le puede jugar al América.
Porque no mejor intentas: Hablarle a la anciana de la biblioteca. Sentarte en el sillón preferido de la pareja del café y,regalarle una mochila roja a A....
Tus posts son magníficos, no sé qué decir. Yo también alguna vez fingí hacer mi tesis... no resultó, pero estoy segura que tú tendrás más éxito que yo.
Cómo es que observas tan bien a la gente? (tengo que salir más).
Cuídate de los fríos.
Un abrazo desde Bruselas la lluviosa.
La D
Yo también tenía esa manía de observar a la gente y sus manías. Lo que sería verdaderamente interesante es encontrar en un blog el personaje Lear observado:
"Siempre que voy a la biblioteca observo a un hombre que parece hacer un paper muy importante pero realmente está observando a los demás, me parece guapo callado y que secretamente le gustan las sopas Maruchan, tal vez algún día me siente con él y le pregunte porque finge que escribe y porque no escribe de lo que observa."
Un abrazo.
¿Por qué siempre llego al último? Así es más que evidente que no tengo nada "interesante" qué decir, como los primeros. Excelente post. Y ya
Saludos
maldita viejita de la biblioteca.
se merece unos putazos
coincido con el borracho.
esa vieja necesita quien la ponga en cintura.
No hay quien te supere en eso de hacerse el tonto...
pues a mí me encanta la vieja marcando su territorio, jaja...
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