2010/03/08
El secreto de sus ojos
I
En el número cinco de la Calle de la Princesa, en Madrid, están los cines donde gasté muchas de las tardes de este enero durante mi atasco en esa hermosa ciudad. Luego me pregunto por qué se me acabó el dinero, pero pagar diez euros por la entrada me parecía un buen trato si a cambio podía olvidarme, durante dos horas, de los problemas que, afuera, en la vida, real, me impedían volver a casa.
Cada día lo lograba. Sin importar lo buenas o malas o mediocres que fueran las películas, yo disfrutaba de esas dos horas ajenas al mundo. Pero como toda felicidad que se alcance con dinero, el placer era fugaz, porque al salir regresaba todo de nuevo, y tenía que hacer llamadas, y trámites, y sugerencias y peticiones y soportar esperas. Por fortuna, para eso está el alcohol.
Es demasiado selectivo el recuerdo, y lo que sucedió aquel día al salir del cine lo recuerdo mal, salvo por la fuerte sensación que tuve de comunicarme con el Rufián. Ignoro si lo llamé o si sencillamente lo encontré en el chat, pero lo que sí conservo es que desatendí las preguntas que en ese momento parecían de cajón (¿cómo vas?, ¿alguna novedad?, ¿cuándo te llegan los papeles?) y lo único que le solté fue simple: urge que veas una película.
II
Están las cosas urgentes que nunca nos dejan concentrarnos en lo importante. En el apartado de lo primero, entran por fuerza el narco, la violencia, la inseguridad, la pobreza, el centralismo, las pocas minifaldas que hay en la ciudad. Y debido a esto hay un problema que acarreamos desde hace ya bastante tiempo y que no podemos atender porque hay mil cosas más urgentes y porque, en realidad, no nos interesa. Los mexicanos no sabemos hablar sobre nosotros mismos. No sabemos representarnos y, al intentarlo, suceden dos cosas: caemos en el lugar común o en la insensatez total.
Primer ejemplo tonto. Cuando a algún productor se le ocurre que ya es hora de montar una serie de televisión que no sea una telenovela, ni un programa de variedad matutino, ni un programa de chismes faranduleros, puede pasar una de las siguientes tres posibilidades. Burda copia de serie gringa. Derbez disfrazado de peluche. Personaje tipo de clase baja (!gracias, Cantinflas!) que aparece caricaturizado y actúa como si fuera retrasado mental. Y no se engañen, la respuesta siempre es la misma "es que estamos muy cerca del gabacho, y las series gringas nos comen público". Sí, puede ser, pero en Texas acaban de prohibir que se venda Coca-Cola mexicana porque sencillamente sabe mejor.
Segundo ejemplo tonto. Cuando a algún productor se le ocurre que ya es hora de montar una buena película, puede pasar una de las siguientes tres cosas. Que llamen a Diego y a Gael y se interpreten de maravilla a ellos mismos (aunque puede ser que Diego actúe de Gael y viceversa). Que llamen a los Bichir (y no sólo a ellos) y se monten un pseudo drama de oficinistas wannabe cuya mayor trauma es no poder barnizar el parquet de su apartamento en Polanco. Que el director se vaya a grabar fuera del país, que cambie el idioma, la trama, los diálogos y lo nominen al Óscar.
Tercer ejemplo tonto. Cuando a algún editor se le ocurre que ya es hora de publicar una buena novela, no pasa nada. Para mí, la última generación que se atrevió a hablar del país, impulsada por (o quizá ingenuamente en contra de) Elizondo, García Ponce, Pitol y Arreola, fue la literatura de la onda, que además no me gusta. Me explico. Hoy, los del norte hablan del narco, pero dejan de él una idea pop, un cuento de detectives, en el mejor de los casos, o, de nuevo, una caricatura con humor facilón (este artículo de R. Lemus basta). Están los del crack, que ilustran perfectamente la pasión que implicará trabajar en un escritorio gubernamental (¡gracias, Contemporáneos!). Está Fuentes, que cada año publica una novela póstuma. Está Sada, que ya se ganó el Herralde con un estilo impecable y una anécdota inexistente (¿es que ya no hay nada qué decir?). Y está la generación de los setenta, más preocupada por ver cómo se distancia de Bolaño que por escribir algo que me haga dejar cualquier libro de Bolaño y leer uno de ellos. Además de todos ellos, están Alberto Chimal y Fabricio Mejía Madrid, que son de los pocos que hacen bien las cosas.
Aclaro. No pido lecciones de historia. Ni clases de lenguas indígenas. Ni historias sobre el campo. Pido un minuto de reflexión para averiguar qué mierda pasa y, eso, ponerlo en una serie, en una película, o en una novela sin que suene impostado, artificial o ridículo. El gran ejemplo de la pereza del mexicano para pensarse lo resume un diálogo cotidiano:
-El presidente propuso una iniciativa para mejorar A
-¿Pero qué le pasa? ¿Y B y C y D y F? ¿Qué no son problemas importantes esos también?
Fingimos que lo queremos todo y al final terminamos sin nada, porque siempre será mejor no hablar que comenzar a hacerlo.
III
En los diarios de Bioy Casares sobre Borges, ambos concuerdan en que lo primero que un creador deber preguntarse sobre su personaje es cómo habla. Al saber cómo habla, dicen, uno lo sabe todo. Juan José Campanella sabe esto, y aunque no signifique nada, en su currículo ya tiene dos nominaciones y el Óscar de ayer a mejor película extranjera.
Lo primero que hay que decir de El secreto de sus ojos es que es un logro de adaptación cinematográfica. La novela de Eduardo Sacheri es –para abreviar– una puta mierda, lo que me hace pensar dos cosas. O que Campanella es un pésimo lector que encontró algún oculto gusto en el libro y que al adaptarlo, de suerte, obtuvo una obra maestra. O, más bien, que el tipo es un adelantado que supo ver lo que la historia debía de ser.
Hay en el guión un par de leitmotifs (uno visual y otro verbal) que le otorgan a la película ritmo y cadencia. Hay un personaje femenino con la fuerza necesaria para impulsar y detonar la acción. Hay diálogos y tiempos precisos. Hay un personaje de soporte sólido. Hay cursilería necesaria y disfrutable. Hay giros, climax, estructura. De todo esto carece la novela.
La película tiene además algo que todas las películas deberían tener: a Ricardo Darín actuando.
Pero lo más importante es eso de lo cual nosotros carecemos. La película tiene el acierto de hablar de Argentina de esa manera en que nosotros todavía no aprendemos a hablar de México. En lugar de explicar, la película muestra. Se trata de economizar. Si en lugar de explicar el trauma de la dictadura me lo muestras, tienes tiempo hasta para contar una historia, y una historia que merece la pena contarse.
De eso carecemos nosotros. Nos hace falta crear una mitología, una propia. Nos hace falta escucharnos. Nos hace falta reconocernos y explicarnos para, entonces sí, mostrarnos y convencernos de una puta vez que es absurdo permanecer indiferentes ante tanta belleza.
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10 bufonadas:
Zaz! Pues agradezco la dedicatoria y mucho más que vaya aparejada con la emoción -debe ser de tus posts más emocionados-, supongo que en mucho tiene que ver la película. Concuerdo que esta película es grande, pero tiene que ver con una buena tradición de cine argentino que tristemente aquí no logramos emular (y lo peor, más bien se calca y sin el menor éxito). Preguntarse por qué funcionan las narrativas argentinas y las que no seguramente debe tener que ver con procesos más complejos y hondos, como lo consciente que cada país es de sí mismo -y obviamente a México no le gusta verse, por eso lo condensa todo a la Condechi. Pero son más importantes otros comentarios que la reseña de la película, habrá que bordar más sobre las formas en que se debería intentar narrar en el país. A ver qué armamos ora que se te acabe Jarvar. Por lo pronto, chelas, son importantes para empezar a charlar.
Estimado Lear:
Es fantástico el post, me llega y me conmueve, la calidad literaria se nota y la conclusión de la anécdota, de la idea, es impecable. Como casi todo mundo, pienso que seguramente saldrás con la típica falsa modestia y dirás: "oh, gracias, lo hice ahí, al aventón", pero no importa. Me gustó tanto que realmente quería dejar un comentario al respecto.
Concuerdo contigo: hace falta escucharnos, encararnos, escapar un momento de aquellos lastres "revolucionarios" (México es una nación valiente que ha sabido luchar por la justicia [...] y somos hermanos de los demás países latinoamericanos [...] pero ¡oh, la soberanía está en riesgo!) y huir de la inercia de lo cotidiano (otra balacera en Torreón, cuatro decapitados, estúpido Fecal).
Falta, de manera sobria o con estridencia, lograr un diálogo amplio, y estar dispuestos a llegar a un mínimo entendimiento sobre lo que somos actualmente, sobre lo que necesitamos, sobre lo que padecemos, sobre los caminos que tenemos para salir o los abismos que existen de seguir igual.
Al final, sin embargo, me parece que la labor no debe quedarse sólo en señalar las carencias, sino en empezar a "mostrar" justamente eso: que México no es sólo la serie de Derbez, ni la película de Diego y Gael ni el libro de algún crackero despistado. Que el país no está sumido en caos pero tampoco es una tierra bendecida por los dioses. Al final importa menos el lugar, el nombre del país, las reglas existentes, etcétera, que la gente que lo habita, lo vive y lo padece. No nos quedemos esperando a que llegue ese productor, director o novelista: comencemos el diálogo.
Un abrazo fuerte.
Me uno al entusiasmo causado por tu post. De hecho es de esos post que te deja pensando, en si hay alguna respuesta correcta. Me gusta tu frase de mostrar no tratar de explicarse. No sé si haya alguna área de cohesión donde se pueda mostrar "México" sin caer en el lugar común, playas, comida y la picardía del mexicano. O sus problemas como la corrupción o el abandono del campo. Me rehúso también a ver otra película mexicana donde digan 5 mil peladeces, albures en los primeros 10 minutos de la película, con el fin de marcar que es un película apegada a la "realidad" de no sé quién.
Realmente no sé si se puede mostrar algo con sentido, emblemático y que todos los changuitos que andamos en este país nos pudiéramos identificar. Tal vez este resultado bizarro de la guerra contra el narcotráfico es un tema que a todo mexicano le interesa, tal vez la pérdida de confianza en los políticos pero con el riesgo de que se repita "La Ley de Herodes".
Creo que el mexicano descrito por Paz, en su el Laberinto de la Soledad, ha perdido un poco de vigencia pero realmente aún en este momento no sé que es eso de ser "mexicano".
Ash voy a estar días dándole vueltas y vueltas.
Me gustó , me gustó!
Un abrazo.
Don Lear, yo recuerdo mis días de año sabático, me la pasaba yendo al cine, de cuando el CCU cobraba más barato. Era una cosa increíble, en efecto, es como borrar todo lo que ocurre afuera de la sala, a menos que el de enfrente sea de los que se ríen como si en verdad entendieran algo.
Justo sobre minifaldas platicaba con alguien la semana pasada en la ceremonia palomera de los diplomas: se subestima su uso, así.
Hace poco leía un artículo de principios de los noventa sobre Ren y Stimpy, y decía que el momento de la verdad ocurrió cuando los que dibujaban eran los que escribían las caricaturas. De la misma manera, casi nunca confío en las películas basadas en librotes, hace que uno vea la película, la serie de tele y el libro como una especie de segunda categoría, más rebajada. El caso de todo esto es que tal vez los cineastas deberían hacer cine, Derbez regresar a 'Al Derecho y al Derbez', y Carlos Fuentes sentarse en Bellas Artes hasta que le hagan el siguiente homenaje póstumo.
El ejemplo tonto número dos me hizo reir mucho, el resto me hizo casi llorar. Qué es lo que falta en México? Talento? Autoconfianza? porqué un equipo mexicano es maletón pero un individuo mexicano es chingón (en el extranjero, claro)... Luego, yo siempre he pensado que no es la historia en sí, sino cómo es contada, lo que la hace maravillosa o sosa. En fin.
No estoy segura de cuándo Méjico aprenderá a hablar así de sí mismo pero mientras eso sucede, tienes razon deberíamos dejarnos de tonterías y pretenciones y enfocarnos en recuperar el cine de vedettes y el libro vaquero!
tienes que escuchar una rola!
Con tu post me acuerdo de "El naco en el país de las castas", de Serna. Tu post me gusta mucho también. Y me pregunto si ese no saber mostrar nuestra voz no tiene que ver con que nos avergonzamos demasiado de nosotros mismos, de nuestra incultura y pobreza. Los productores tienen la lana, y hablan diferente; los actores son "la gente bonita", y hablan diferente; los intelectuales, a pesar de su pobreza (y de sus profundos deseos de aburguesamiento), se creen la casta superior, y hablan diferente. Todos repudian (o repudiamos) a toda la naquiza. Pensamos que porque dicen "manita" o "fuistes" son estúpidos, cuando lo estúpido es no saber llevar con diginidad a esos personajes a las pantallas.
Así las cosas, me parece que los diálogos de las películas de Zayas y El Caballo son mucho más logrados.
Por otro lado, al parecer Volpi se entronizará en Conaculta y Záizar se consagrará como la nueva Beatriz Paredes de su estado. O sea que apenas estamos comenzando de verdad la era del crack...
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