Tengo la fortuna de compartir y disfrutar la amistad de un grupo de personas para quienes la anual repetición de su cumpleaños es un acontecimiento igual de traumático que el nacimiento. Entristecerse y molestarse, esconderse y refugiarse en el cine, mentir sobre la fecha correcta, ignorarla, olvidarla, son sólo algunos de los métodos que esta secta de perjudicados sin ganas de dejar de serlo han elaborado para evadir una simple pero dolorosa verdad: a la gente le gustan los cumpleaños.
Si eres oficinista, el cumpleaños de Lupita es el mejor pretexto para dejar de trabajar durante la media hora que toma organizar la cooperacha para ver quién compra el pastel, los diez minutos de expectativa a que llegue, los cinco que demora el gandalla de la oficina en atascar la cabeza de la festejada en la empalagosa capa de crema batida, y los veinticinco que todos los demás tardan en comer las sobras mientras sonríen miserablemente. Luego de esa hora y diez, nadie más vuelve a acordarse de Lupita hasta el siguiente año o hasta la cena de navidad cuando ya todo el mundo está ebrio, lo primero que suceda.
Pero los vicios de los burócratas representan sólo la más inofensiva de las prácticas con respecto a estas festividades. En el ambiente escolar -primaria, secundaria, preparatorianos desubicados, estudiantes de hotelería y jugadores de la selección nacional- se ejerce la variante repetitiva y multitudinaria de la tradición del zape, conocida como pamba. Al año nuevo de vida se le saluda con una prolongada, dolorosa y justa indicación del lugar en el mundo que le corresponde al festejado o víctima.
Si el ambiente es el del jardín de niños o del adulto contemporáneo, siempre saldrá el publicista que todos llevamos dentro -un padre, un amigo- a proponer que para la fiesta haya un tema. Infantes disfrazados de algún personaje de Toy Story sonríen frente al pastel de Buzz Light Year, olvidándose de que el tema de esa película es la infinta crueldad de la que son capaces los niños. Exitosos profesionistas sonríen frente a la invitación que semeja el cartel de Obama, sin darse cuenta de que, al igual que el hecho de cumplir años, la tarjeta no es original.
Tampoco sería original quejarse de la gente que alrededor se emociona y que es la causa de mi estrés, pues en un afán de reciprocidad, procuro que ellos los que organizan pasen el mejor de mis cumpleaños, hecho imposible si consideramos que cada uno tiene un plan contrapuesto al de los demás. Por eso es que cada año fantaseo con la misma idea del doble. Un otro yo que festeje y sonría, que agradezca y que brinde con los amigos -con los que están y en nombre de los que no pueden estar-, que parta el pastel y que escuche apenado las mañanitas antes de pedir un deseo y soplarle a las velas. Un doble que reciba las llamadas de la familia y les diga que sí, que la está pasando como nunca. Un doble que brinque y que baile y que despierte pensando que este ha sido el mejor de los años, que guarde unos minutos para extrañar a todos los que no están cerca y luego disfrute a todos los que a su lado conviven día con día.
Mientras tanto, yo daría un paseo de veinticuatro horas. Caminaría pensando en que en mi agenda marqué este día cono "The End" sin saber que apenas era el principio. Intentaría averiguar cómo los planes cambiaron tan de prisa y trataría de averiguar la manera más razonable de continuarlos. Me angustiaría con la idea del futuro. Revisaría mis errores y planearía metas. Buscaría un plan.
Y sin embargo soy un sentimental, porque sigo creyendo que no hay nada peor que descubrir tu muro de feisbuc inundado de felicitaciones sin haber recibido una sola llamada. Por eso esta vez, y a pocos días de que los treinta me inunden, he decidido que el doble seré yo, y que dejaré al otro el cálculo del saldo a favor y las cuentas por pagar.
10 bufonadas:
días atrás varios que nos encontrábamos reunidos alrededor de la comida –a la vez que manteníamos comunicación con otros online– resolvíamos que en términos claros, interactuábamos el mismo porcentaje de tiempo con personas cercanas luego de vernos en átomos, que con personajes ubicados en otro tiempo y espacio.
Y es que el mito de que la ciberconexión aleja los vínculos de átomos se cae simulando el Muro de Berlín en la red de redes. Y esto me llevó a desmenuzar cómo en un par de olas mayores, recientemente, he sido sacada de las playas de varios amigos entrañables. y aún me sigo acordándo de sus cumpleaños y tragicamente me doy cuenta que el muro de face book sería el medio mas apto para poder dejareles una nota de felicitación a falta de un post it.
...
porque no tengo facebook si resulta útil...?
Y yo que ya tenía la solución: el otro día vi a tu doble en la Rosario Castellanos. De hecho, digo "tu doble" solamente porque se supone que estás en donde estás, si no, juraría que eras tú, igualitito con las canas y las entraditas negras que creo recordar tienes por las orejas, lentes, complexión, todo. La neta ya confiesa que no vives allá.
Felicidades a ti y a tu doble
En hora buena por los treinta años, espero escribas la experiencia de suplantar a tu doble.
Mis fechas favoritas de siempre han sido los cumpleaños y el día de Reyes. No sé que dice eso de mí.
Espero no te avienten al pastel con mucha saña.
Un abrazo
A mí, pese a todo, me da harto gusto estar viva. Y me da harto gusto que tú lo estés, que nos hayamos conocido, etc etc. Así que feliz cumpleaños, ojalá encuentres el tiempo a solas para hacer un plan, pensar en los aciertos, pensar en las metas...
Hoy puede ser el día 365, o el día cero. En cualquier caso ¡Felicidades!
Lo Lear, a mí los cumpleaños no sólo me chocan: me ponen muy nervioso, no sólo los míos (de rigor), sino los ajenos, es una cosa como sintomática: te saca de onda las felicitaciones, pero, con ese ánimo (¡Ánimo!), ¿cómo le dices a nadie que ojalá se la esté pasando de lo mejor y que cumpla muchos otros? Yo empecé a minar los pequeños reinos de mi mamá: esconder el disco de Pedro Infante, irme antes de que las tías empiecen a llamar. Siempre que estoy en un cumpleaños ajeno (pocos, sólo los extremedamente forzosos) siento que algo malo va a pasar en cualquier momento. Creo que aplica, aunque suene triste y reiterado, que a uno le choca la felicidad de los demás (es un decir): una amiga, hizo cena copiosa el día de su cumpleaños y fiesta enorme dos días después. ¿Acaso ya nada es sagrado?
Por otro lado, Lear, thumbs up por LaPuente, thumbs down por Vuoso.
Pd. amargadísima: porque, celebrar que uno sigue vivo, suena como a que uno está en la cuerda todo el tiempo, y es cierto, y cuando estás en la cuerda todo el tiempo no te dan muchas ganas de meter la cara en un pastel. Carita feliz.
Pues a mí me encantan mis cumpleaños! A pesar de que sigo sin saber qué hacer mientras me cantan las mañanitas. POr cierto, ya cumplí 33 y soy feliz. Me la pasé bien con mi marido y mis nuevos amigos acá en Bruselas(éramos 6). Hubo dos pasteles pero lo bueno es que no me obligaron a "morderle". Supongo que porque eran muy pequeñitos y a pesar de eso, sigue habiendo pastel en el refri. Te mando un pedazo?
FELIZ CUMPLE, Lear!!!
HOLA Q TAL????? ME GUSTA TU BLOG, MUY BUENO E INTERESANTE DE VERDAD, TE FELICITO... ESPERO TU VISITA Y TUS IMPRESIONES DEL MIO... GRACIAS
Supongo estuvo muy buena la fiesta de cumple pues ya tiene rato que no escribes, todavía con resaca me imagino.
Un abrazo.
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